Pedagogía - Formación

MÚSICA

Escucho música. Piano. Me hace evadir la mente. Me eleva a otros lugares. Las teclas son golpeadas por el pianista y sin casi darme cuenta cierro los ojos y mi cabeza se deja llevar por un balanceo suave, dulce… al ritmo de la melodía.

Así. Con los ojos cerrados. Escuchando. Me recuerdo sentada frente a mi piano. Relajada casi flotando. Dejándome llevar por el impulso de tocar. Pianissimo… fortísimo… siempre con ímpetu. ¿¡Cuántas horas he pasado sentada frente a ese Kawai negro brillante!?

Que maravillosa sensación es la de sentarte y dejar que tus dedos recorran el piano. Es como cuando te zambulles en la piscina y te dejas llevar. Yo, él y la música.

Estudiar piano me ha aportado la constancia, la perseverancia y también la sensibilidad, entre otras muchas cosas; como buenos amigos y viajes inolvidables .

Quizás todas las personas que tocamos un instrumento durante tantos años, cuando nos “alejamos”  de él, sea por lo que sea, nos quedamos un poco vacíos.

Al principio puedes sentir cierta liberación, pero… hay una voz interior que siempre te lleva a ese balanceo, a ese “un, dos, tres”, a ese calderón infinito que nos acompañará por siempre en la mente recordándonos cientos y cientos de compases, de puntillos, trinos, tresillos, ligaduras y mordentes.

¡Qué agradecida estoy a la música! Me “ha quitado” de hacer otras cosas, pero reflexionando creo que me ha dado mucho más. Hoy no sería quien soy si no hubiese estudiado música.

La música es vida. Es alegría. Es pasión. Es llanto. Son lágrimas. La música eriza. Respiga. Resuena en el corazón y en el alma. Te hace respirar profundo hasta que no cabe una gota más de aire en tus pulmones. Te invita a mover el pie derecho a su ritmo. A veces te lleva a ser el “mejor batería” del mundo con tus bolis Bic sobre la mesa. Otras veces te acurruca en el sofá con tu cojín y manta, envolviéndote en recuerdos del pasado.

Te recuerda a personas, a lugares, a momentos… incluso a veces te lleva al olor de amapolas rojas que se mecen por una tímida corriente bajo un sol abrasador de verano leonés.

La música también sabe a fiesta. Quizás a una de esas de verano, o como decimos por aquí “de prao”. De esas en las que llevas “carapijos” en tus pies, vaqueros y una chaqueta de punto amarrada al bolso de cruzar. De esas donde entre copa y copa, o “culete y culete”, las vergüenzas se pierden y se baila al ritmo de cumbia, rock &roll, Los stukas, Los berrones o Paquito el chocolatero de King África.

Cuando te sientes solo, acompaña. Cuando te sientes triste, desahoga. Cuanto te sientes alegre, te divierte. Cuando te sientes afligido, libera. Cuando te sientes estresado, relaja.

Y este año, el Conservatorio del Valle del Nalón, “mi conser”, está de aniversario para celebrar 35 años de música. 35 formando a músicos, educando a jóvenes, creando instrumentos,ofreciendo conciertos… trayendo música al Valle del Nalón. Música que, sea como sea, siempre despierta una sensación en cualquier persona que la disfruta.

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