Educación Emocional

Como girasol en una maceta

A veces, cuando comienzo a impartir alguna acción formativa, utilizo una técnica de grupo en la que pido a los alumnos que se definan haciendo analogismo con algún objeto o cosa, y a modo de ejemplo yo suelo elegir una flor.

Siempre le he dado mucho valor a las flores como regalo. Quizás sea porque sólo las he recibido de personas especiales en momentos muy señalados en mi vida, y porque he vinculado el olor de flores naturales a esos momentos irrepetibles. Y es que las flores se marchitan, pero los momentos no, se quedan grabados en la retina para la eternidad.

Por eso doy esa importancia a las flores, porque pueden ser frágiles físicamente pero suelen acompañar a momentos de potentes cargas emocionales.

¿Te has parado a pensar cuál es tu flor favorita y por qué?

Tras darle alguna que otra vuelta, hace tiempo que me he decidido por la mía: El girasol.

Resulta que observando los campos de girasoles, me he descubierto en el girasol. Flor alta, de tallo grueso, que durante el día está en constante movimiento en busca del sol del este al oeste. Y es que, así soy yo. En busca constante de luz, de iluminación… que me carguen de energía. Mirando al cielo, pero con unas buenas raíces que agarran a la tierra.

El girasol es la flor del verano. Mi estación del año favorita. Me recuerda al pueblo leonés de mi madre. A las tardes de paseo con pipas. A atardeceres tostados. A aspersores que salpican gotas de agua sobre tierras sembradas. A caminos de piedra, al rebaño de ovejas de Braulio. A nubes de mosquitos. A meriendas en la bodega. A tardes de bicicleta a “lo verano azul”. A libertad. A tranquilidad. A pan de hogaza. A polos helados y flash. A chanclas y uñas pintadas de rojo. A rojo de quemaduras en los hombros. A baños en la piscina. A sandía y melón. Al humo de tabaco de liar de mi abuelo Luis. A sus caramelos de “El caserío”. A noches de fiesta, y a fiestas que duran hasta el anochecer entre amigos “con dejes” de diferentes puntos de España.

Los girasoles todas las noches “resetean”. Vuelven a su postura inicial para, al día siguiente, comenzar su ruta y lucha diaria por la búsqueda del sol. Lo que hacen es potenciar una “hormona” que favorece que las plantas crezcan más, aprovechando al máximo esa luz en su proceso de fotosíntesis.

Y es que para los girasoles, tan importantes son los movimientos del día como el descanso de la noche. Y así debería ser para las personas. Deberíamos mantenernos activos durante el día, buscando lo que aporte energía, y dejando a un lado lo que reste. Rodeándonos de aquellos que no pretenden intoxicar, sino que buscan y promueven un entorno adecuado, un ambiente fuera de toxinas. Un lugar donde todo fluya al compás de los ritmos marcados por la batuta de un director vestido de rayos de fuego y luz.

Hay investigaciones en las que se modificaron “las conductas” de los girasoles.

Plantados en macetas, orientados de forma diferente, inmovilizados por su tallo… y los resultados fueron llamativos: perdieron hasta un 10% de su biomasa, el tamaño de sus hojas se redujo visiblemente…

Y es que los girasoles necesitan “libertad” para madurar, para girar sobre si mismos buscando esos rayos y sólo cuando encuentran “su este”, dejarán de crecer. Por eso aún más me gustan los girasoles, porque me recuerdan que no todo es norte o sur, blanco o negro. Me recuerdan que hay “Estes u Oestes” en los que podemos acomodarnos para disfrutar de todo lo que está por venir.

 

Fuente imágenes: pixabay

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