Educación Emocional

Uniformados de miedos

Hay personas que se visten de poderosas. Que se enfundan su traje de trabajadores incansables, de expertos en la materia, de sabedores de todo y compañeros de la nada.

En el trabajo podemos encontrarnos con alguna de estas personas de cuando en cuando. Las reconocerás por la queja constante y el aleteo por los pasillos intentando picotear información, que ya puestos a decir, les llega “como les llega” y la interpretan bajo su prisma particular.

Se jactan de ser letrados en la materia y profesionales reconocidos. Y se les remueven las tripas cuando no llegan a manejar las cuerdas que sostienen a “los títeres” que consideran tener por compañeros.

Piden explicaciones de todo y exigen que se les haga llegar la información, ¡que para eso son los que más curran!

Son personas sedientas de poder, que necesitan cubrir esa necesidad de jerarquía con galones autoasignados. Son jefes sin empleados. Reyes sin trono. Directores de orquesta sin batuta. Son presas de la desconfianza. Profesionales que temen que otro “más fuerte” o quizás, con más habilidades, llegue con su mochila cargada de recursos, su café en la mano y haciéndoles sombra.

No comparten. O lo hacen a medias. No disfrutan de su trabajo. O lo disimulan muy bien mostrando “lo duro que es su desempeño”, y las horas que invierten con el consecuente desgaste físico y emocional que les está suponiendo llevar a cabo sus tareas (pero claro, estar al tanto de todo lo que ocurre en su oficina, y en los despachos del otro lado del pasillo… ¡cómo no va a ser agotador!)

Son profesionales uniformados de miedos, que viven recelosos a que se descubra que no es para tanto “lo que curran y lo que dicen”. Prejuzgan, actúan y buscan aliados para conseguir sus objetivos.

Se visten de miedos a quedarse atrás en el reparto de rango. De miedos a ser desenmascarados, porque juegan sucio, para tener la sartén por el mango. De miedos por no enfrentar la realidad abriéndose a oportunidades. Están en su zona cómoda y no soportan que llegue alguien que les “rompa las rutinas”, aunque quien llegue lo único que haga es estar… eso ya les incomoda.

A esos uniformados de miedos, les invito a descubrir aprendiendo desde los ojos de los demás.

A no ver conflictos en las formas de hacer de otras personas, sino oportunidades para crecer personal y profesionalmente.

A las personas de uniformes de miedos, les digo que se desnuden. Y si acaso, se vistan después de sonrisas, charlas cercanas y desahogos de inseguridades.

A los uniformados de miedos les recuerdo que todos llevamos nuestra propia carga emocional, y que todas las personas tenemos los mismos derechos a estar, opinar, compartir, trabajar…

A las personas vestidas con uniformes de miedos, les digo que el saber no ocupa lugar, que el trabajo es importante en la vida pero que hay vida más allá del trabajo.

A los uniformados de miedos, les sugiero evitar generalizaciones absurdas. No existen buenos buenísimos, ni malos malísimos.

Compartid. Disfrutad de vuestro trabajo y de la vida. Sonreíd más. Y al menos… intentad ser más felices.

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