Educación Emocional

Como el silencio de corchea

A veces te encuentras en un momento en tu vida, en el que sientes cierta desprotección. Es ese momento en el que ves que se aproximan cambios y estos siempre generan un poco de incertidumbre por lo que vendrá. Es como cuando un peque va a ir por primera vez al colegio, que sabe (porque se lo han dicho) que se lo va a pasar bien, que habrá más niños con quienes divertirse, que aprenderá muchas cosas nuevas… pero hay algo en su interior que le hace estar inquieto, e intuye que no todo va a ser un camino de rosas.

Como le ocurre al concertino o primer violín de orquesta, que mira la batuta con respeto tras haber dirigido la afinación antes de la salida del director a escena. Como el percusionista que debe tocar una única nota con su triángulo, y debe hacerlo en el compás adecuado, ni un segundo antes ni uno después. Es entonces cuando descubres que necesitas respirar, parar y pensar si realmente estás viviendo lo que quieres vivir. Si quieres tener la responsabilidad adjudicada y si estás en el camino que te lleva al destino que siempre habías imaginado.

Son momentos, instantes, que te hacen ser consciente de que sólo con tu acción y actitud podrás obtener un resultado u otro. Y entonces el miedo se esconde en tu almohada. Estamos acostumbrados a vivir la partitura de nuestra vida con compases llenos de notas al estilo barroco. Pretendemos dar orden, racionalizar la música de nuestra vida, intentando siempre vivirla con el movimiento marcado al ritmo de un metrónomo. Y otras veces, abusamos del “clúster”, llenando nuestra partitura de acordes que suenan a los oídos de forma disonante, y presionamos de un solo golpe todas las teclas negras de nuestro teclado. A veces apilamos notas, soplamos con fuerza, golpeamos tambores, presionamos teclas…. Y sonar suena, pero no erizamos pieles, ni desnudamos almas, ni rescatamos lágrimas de emoción… Vamos a un tiempo “allegro prestissimo con fuocco”. Pero se nos olvida emocionar y emocionarnos.\Se nos olvida disfrutar de los silencios. Cuando un compás no tiene notas, es un compás de espera, de silencio. Y el silencio despierta expectación, atención, intriga… y este compás, este silencio, nos hace disfrutar de nuestra partitura “ad líbitum”, interpretarla a nuestra voluntad. Disfrutando de cada nota, de cada figura, de cada expresión… Me gusta el silencio de corchea. Que es breve, pero nos recuerda que hay que respirar. Que debemos separar las “frases musicales” de nuestra vida, que nos proporciona un segundo de descanso. Que permite al músico coger aire, impulso y fuerza para continuar con la siguiente frase. Que no suena, pero es imprescindible. A veces me gustaría ser silencio de corchea, que da impulso, que rellena un huequecito en el pentagrama y ayuda a darle expresividad a tu sonido.

A veces, me gustaría ser como el silencio de corchea.

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